La brisa llenaba el valle, suave, sutil, acariciando con tanta ternura mi rostro que el alma flotaba, tocaba las nubes, rozaba el cielo, y en ese instante la felicidad me sonreía con tan sólo una caricia del viento en mi cara. La mirada perdida en los campos de oro, y allí estaba ella, tumbada en el trigo dorado, era la mujer perfecta, la que todo hombre siempre deseó. Estaba dormida, y sus labios invitaban a posar los míos en los suyos y volar. Me senté a su lado, esperé a que despertara, y las horas pasaron embriagadas de una magia que siempre recordaré.

Últimos rayos del sol, anochecía, me quité el abrigó y la tapé hasta los hombros, aún no había despertado. El sol dio paso a la luna, y bajo un manto de estrellas deseé abrazarla, pero ella seguía en ese reino donde el amor nunca daña, en los sueños. ¿Y si la besara?, ¿lograría despertarla? Tal vez, ella no deseaba abrir sus ojos a la realidad, y se escondía del mundo tumbada sobre los campos dorados. También yo quería perderme entre el trigo con ella, vivir tan solo para contemplarla, porque la luz que de su rostro radiaba se tornaba esperanza en todos los rincones de mi ser.

Aun dormida ella lograba llenar ese vacío que durante tanto tiempo me atormentaba. Y los gritos en silencio de un alma desesperada se abrían paso entre los campos de trigo. Allí, junto a ella, no podía sentirme más feliz. Y de pronto, una lágrima que resbaló tímidamente por mi mejilla cayó entre sus labios. Su boca se abrió con una dulzura que parecía reclamar desesperadamente un beso, un beso de amor tierno. No me atreví, era tan inocente la luz pura que desprendía que parecía un ser divino. Yo era imperfecto, no era digno de rozar mis labios con los suyos. Y ella era celestial.

Voló el tiempo y amaneció. Los primeros rayos iluminaron sus ojos, que aún permanecían cerrados, y en ese instante supe que, sin conocerla, la amaba. Y una voz dentro de mí, unas palabras llenas de paz me susurraban: “No tengas miedo, ella es el amor, bésala, bésala poniendo en tus labios todo tu corazón”. Obedecí la misteriosa voz y la besé, sin dudas, sin temor, sólo con mucho amor.

Por fin, abrió los ojos y sonrió. Y me devolvió el beso, el más dulce que jamás haya soñado. No sabré nunca si fue la brisa del valle o el amor que de su alma brotaba que reverdecieron mi alma que había estado seca durante tantos años. Después de un largo beso, me dijo: “Siempre he estado esperando al hombre que junto a mí velara toda la noche, vigilando mi sueño hasta el amanecer”. Nos abrazamos, nos amamos, allí en el valle, en medio de los campos de trigo dorado. Ella era la ternura que tanto ansiaba. Jamás imaginé que pudiera existir tanto amor.
Juanjo Conejo