La bruja tiene la frente ancha, en ella las gotas de lluvia tienen un largo caminar hasta llegar a la espesura de sus cejas. Con un sombrero negro cubre su cabeza, dándole estilo a su magia. Su abrigo es negro. La veo caminar cojeando, mientras con sus dos manos, de dedos largos, inacabables, agarran fuerte el paraguas para que el viento no se lo lleve. El vendaval encuentra en su nariz prominente un obstáculo en su curso. Sus ojos son negros, como el abrigo y el sombrero. Es tan alta la bruja, que camina encorvada para no chocar con las ramas de los árboles que encuentra en su camino. Su cuerpo es excesivamente delgado, esquelético, como las ramas de los árboles. Cuesta distinguir su cuerpo de las ramas. A veces, ella misma parece un árbol. Para de llover, guarda el paraguas, lo cambia por un bastón. Su bastón es negro, como su abrigo y el sombrero.

A cada paso que da, suena el bastón de la bruja. Los niños salen corriendo cuando oyen el bastón. No sé por qué, a los niños les gusta leer cuentos de brujas. Hay brujas que vuelan en escoba; otras, caminan con bastón. La bruja llega a su destino, la librería de libros antiguos que regenta. Intenta abrir la puerta, su mano cadavérica tiembla, le cuesta meter la llave por la cerradura. Se encorva para ver mejor el orificio. Por fin, gira la llave. Intenta enderezase, le cuesta. La bruja entra cojeando, apoyándose, en los golpes de su bastón. Entro tras ella en la librería. Su mirada apagada me revela que algún mal padece. Sus ojos negros están tristes. Le pregunto si se encuentra bien. Me contesta que la gente no lee libros antiguos. Mientras ojeo algunos libros, la observo disimuladamente, ocultándome entre las estanterías. Sobre una mesa de color oro viejo, situada tras unas cortinas negras que ha dejado abiertas, tiene una montaña de libros antiguos y rotos.

La veo besar libro por libro. Mi curiosidad fue mayor que mi discreción. Me acerco a ella traspasando las cortinas negras, a riesgo de parecer un intruso peligroso. Le pregunto por qué besa los libros viejos. Me contesta que los besa como un gesto de gratitud hacia sus autores. Aprovecho para saber más acerca de su tristeza. La bruja llora porque los libros antiguos y rotos no se venden. La bruja llora porque en el pueblo la llaman bruja. La bruja llora porque los niños le tienen miedo. No sé por qué la llaman bruja, ella es amable y generosa. Ella sonríe cuando ve mi interés por los libros viejos. Ella sonríe cuando me intereso por ella. La soledad que siente le quita el hambre, quizá por eso se parece a las ramas de los árboles. Salí de la librería contagiado por la pena de la bruja. Salí de la librería con tres libros que me había regalado. En el interior de cada libro, el tercio de un mapa. Ante mis ojos, el mapa de un tesoro antiguo que llora por ser descubierto.

Juanjo Conejo