Gira, gira, no para de dar vueltas la bailarina de la caja de música, quisiera detenerse, pero no puede, está en manos de un mecanismo de cuerda y de una mano que, una vez tras otra, gira la manecilla. Sociedad que no se detiene, los hilos del poder nos tienen suspendidos como marionetas, somos prisioneros de la repetitiva canción de una caja de madera cuyos barrotes son fuertes como el acero. Y la melodía prevalece sobre la libertad y nos hace danzar con zapatillas de ballet.

Pero un día, cansada la bailarina de su vida rutinaria, se soltó gritando libertad, y al vacío saltó desde el mueble donde la caja se hallaba. Sus miembros estaban entumecidos, no estaban acostumbrados al movimiento voluntario. No sabía exactamente a dónde ir, pues hasta entonces todo su mundo había sido una repetitiva melodía que sonaba sin parar en la cárcel de madera barnizada de la que por fin se había librado. Ahora, tenía un horizonte nuevo delante de ella, lo primero que hizo fue desprenderse de sus rígidas zapatillas de ballet presidiario. Al ritmo de otras canciones, comenzó la muñequita de plástico a contonearse. Y antes de que se pusiera el sol, su cuerpo había recuperado la flexibilidad de todas sus coyunturas. Pero aún quería más, quería recuperar el corazón que un mundo frío le había robado.

El mecanismo que hacía sonar la melodía que le había mantenido cautiva exclamó: “¡Es peligroso que rompas los patrones establecidos, tu seguridad está en la caja de música y, si posees corazón, te lo pueden destrozar en mil pedazos!”. La bailarina de plástico espetó al mecanismo musical: “¡Aunque el corazón me sangre, quiero libertad!”. Antes de que terminara de pronunciar las palabras, escuchó un latido bajo su pecho y, poco después, la sangre ya corría por sus venas y sobre todo su cuerpo brotó piel. Un sentimiento nuevo la embargó, se sentía sola en su nuevo mundo, ¿qué podría hacer? Y con esta preocupación, se echó a dormir.

Al amanecer, llegó la solución: “Llevaría su mensaje de revolución a todas las bailarinas de plástico que en sus cajas de madera musical se hallaban esposadas”. Pero el maestro artesano, el constructor de cajas y compositor de melodías hipnotizantes, no lo iba a permitir. Una legión de mecanismos musicales de acero, salió en busca de la bailarina para darle muerte. ¿Oyes cómo retumba ese sonido a lo lejos?, ¡millones de bailarinas pisan fuerte, llevan botas de soldado! La esclavitud no puede triunfar, se acerca el fin de los que a las bailarinas ponen grilletes de terciopelo.

Juanjo Conejo