Leandro ha llegado hoy de botánico un poco nostálgico porque el principio del otoño ,el más colorido a su gusto dura pocos días y nos cita » serbal silvestre» » cerezo de Mahoma», que luego identificaremos como» prunus», el «agracejo rojo». Seguía con otras especies, colores, frondosidad…, descansa querido amigo y cuéntanos algo de la muchachita que bailaba descalza, cuando el sol se escondía antes de tiempo para que el plata de la noche acompañara la oración bailada.

El relato verbal comenzó a la vista de la tarjeta postal de la década de los treinta, cuando la iglesia de San Roque en el Sardinero se situaba cerca de la mar , cerca de la que hoy llamamos Playa del Camello. Unos vagones sobre ferrocarril van arrastrados por una pequeña máquina de vapor . El hotel Sardinero como fue en su origen , el Casino no muy diferente tras las distintas remodelaciones que lo mejoraron hasta el día de hoy. A su izquierda el primer edificio, que aún se conserva, al principio de la que popularmente los santanderinos llamamos «La Cañía»

Leandro, buen compañero en la tertulia habla, como si lo hubiera vivido, de Don Félix cura que ejerció en ese antiguo San Roque, procedente de nuestro vecino y hermano Burgos, salió escondido en un carruaje y acompañado por su cuñado a las tierras castellanas pocos días después del incendio de la iglesia provocado por manos necias Leandro sabe hasta el nombre de la casita donde se alojaba el sacerdote: «Las Margaritas» al otro lado de la carretera, el lugar hoy ocupado por hotel

Habla de Juanín y su tienda de productos de ultramar en el bajo de la casa junto al Casino hoy con balcones rojos. Que a través de la tienda se pasaba a un gran patio trasero donde acabó colocando una mesas y sillas para los clientes y amigos.

Dice que cañía viene de «canal» y cita el vocablo en romano del que lo deduce que es así porque, eso sí lo conoció, discurrían las aguas muchos años atrás como riachuelo de abundantes aguas de la «Fuente de Cacho,» y que los vecinos de esa zona del Sardinero mantenían en sus domicilios en depósitos llenos de agua de este manantial en previsión de los habituales cortes de suministro.., y que siempre se entendió «cacho» como «cazo», recipiente para llevar su agua.

Nos seguimos encontrando en La Cañía, ya no está Juanín, un poco más arriba, a la vuelta, está Pedro en el mostrador del Alamar. los productos no son de ultramar, el pescado es de nuestras costas y en el fuego de carbón de la cocina se preparan deliciosos platos.

El sol , discreto como siempre, nos mira desde el Oeste , como mácula rojiza y brillante se ayuda de la montaña Dávila para cerrarse. El plata de la noche volverá a recordar pasadas escenas de amor y de oración.

J.L.Q.