EL SOÑADOR Y LA SIRENA. Juanjo Conejo

Alejandro era un soñador que paseaba todos los días junto a la orilla del mar. Un día de verano, vio sobre una de las rocas de la playa una hermosa sirena que estaba cantando. Su cuerpo era plateado y tenía unos largos cabellos de color dorado que con sus destellos cegaban la vista. Se lanzó al agua y nadó hasta ella. Fue tan grande la admiración que sintió por ella que la invitó a pasar el día en su casa. Ambos nadaron hasta la orilla. Cuando llegaron a la arena, él la tomó en sus brazos porque la sirena no tenía pies para caminar. Fue tan grande la fascinación que sintieron el uno por el otro que la sirena decidió quedarse a vivir con aquel joven en cuyos ojos veía las estrellas.

A medida que fueron pasando los días la sirena comenzó a enfermar, pues no podía vivir sin estar en contacto con el agua. Pero la sirena no quería abandonar al muchacho de quien se había enamorado. Cuantos más días pasaban juntos, más enfermaba la sirena. Llegó un día que los cabellos de la sirena perdieron su esplendor, y su rostro se tornó como el de una anciana. Alejandro no sabía qué hacer, si retenía junto a él a la sirena ésta acabaría muriendo, si la devolvía a su mundo la perdería para siempre. De esta manera, ante la indecisión de Alejandro, la sirena enfermaba y envejecía día tras día, hasta que sus cabellos se tornaron blancos y su cuerpo se llenó de arrugas.

No pudiéndolo soportar más, el joven soñador se armó de valor y realizó un acto de amor, pues tomó a la sirena moribunda entre sus brazos y la devolvió al mar. Cada día Alejandro lloraba la pérdida de quien llenaba de alegría su corazón. Pasaron los días y las noches, pasó un año, y el joven aún pensaba en aquella sirena de cabellos dorados y cuerpo plateado. No podía arrancar de su mente el canto de la sirena. Llegó de nuevo el verano. El soñador volvió a su costumbre de pasear junto a la orilla del mar. En uno de esos días en que el corazón se llena de esperanza, Alejandro dirigió la mirada hacia la roca en la que había conocido a la sirena. Y allí estaba ella, resplandeciendo como el sol.

Juanjo Conejo