Me gustaría informarle de un hecho que le puede parecer extraño. Comenzó la clase contándonos su amplia experiencia profesional. En principio, este es un discurso puramente informativo que, no obstante, en ese espacio que hay entre la intención del emisor y la percepción del remitente, se transformó en un mensaje emotivo, ¿por qué?, ¿me encontraba en un momento sensible? El hecho, aunque no sea digno de una noticia de interés público, es que se me saltaron las lágrimas.

He pasado demasiados años deseando un empleo acorde con mi talento. Y eso, desgraciadamente, no fue posible. En la exposición de su exitoso currículum, vi lo que me hubiera gustado ser a mí y que, por causas ajenas a mi voluntad, no pudo ser (ni lo será jamás). Seamos realistas, para la sociedad estoy en el declive de la vida laboral. Soy obsoleto, aunque sienta que estoy en el mejor momento de mi vida. Pero ¿quién convence al sistema?, ¿quién detendrá la maquinaria que convierte a las empresas en negocios sin humanidad?

Debido a los factores que intervienen en el proceso comunicativo, el éxito de un discurso no depende exclusivamente del emisor, sino de la adecuada disposición del receptor. Y en este punto, situamos la razón del éxito de un discurso que no estaba ideado para emocionar, sino para informar, gracias a tan sólo un eslabón de la cadena comunicativa, mi sentimiento de fracaso, con el cual no contaba el emisor. ¿Y si pudiéramos descubrir ese eslabón invisible de la audiencia?

Y en este punto del texto, en parte ensayo, en parte confesión, estoy obligado decir que, a veces, siento que he desaprovechado mi vida. No quiero morir con ese sentimiento. Por eso en estoy aquí, desenmascarándome delante de una hoja en blanco, para lograr el aplauso de este trozo de papel. Y esta hoja, que en principio estaba totalmente vacía, necesitaba de la inquietud de un comunicador. Esa inquietud abruma, esa inquietud apasiona. Mas para no caer en una ambición desmedida, existe el dolor comunicativo, la herida causada por la limitación de las palabras.

Este texto es un ejercicio de dignificación (o de rebelión), al decir con palabras escritas que no soy una máquina al servicio de los intereses económicos. Ahora bien, sin receptores se hacen innecesarios los emisores. Tú eres el epicentro del proceso comunicativo, de esa hoja que antes estaba vacía. Y si no capturo tu atención, soy ineficaz, aunque mis palabras sean de oro. ¿Qué efectos tendrá este trozo de papel, sobre el cual esgrimo una doble intención?

Juanjo Conejo