LA MAR SIN VELAS… Elisa Gómez Pedraja

LA MAR SIN VELAS… Elisa Gómez Pedraja

La mar sin velas

Estoy segura de que ninguno de nosotros éramos conscientes, ni siquiera podíamos imaginar ni calibrar lo que se nos venía encima. ¡Una pandemia en pleno siglo XXI! ¡Con todo lo que hemos avanzado! Eso no nos lo esperábamos. Pues llegó. Llegó y tuvimos que pertrecharnos y confinarnos en nuestras casas, a esperar que pasara el peligro.

Durante este tiempo de confinamiento han cambiado muchas cosas y muy de repente. Han desaparecido para siempre familiares y amigos de los que ni nos hemos podido despedir. Han variado muchos escenarios, muchos panoramas. Y este encierro, para muchos sin recursos y para otros con comida y con medios de comunicación pero encierro al fin, nos ha proporcionado el tiempo necesario para analizar con sorpresa y casi incredulidad muchas novedades.

Los primeros días, cuando salíamos para hacer alguna compra indispensable, veíamos las aceras desiertas. Las tiendas de siempre con las persianas bajadas. Las calles sin tráfico, las iglesias cerradas. Largas colas de personas, de apariencia normal, esperando para recoger alimentos gratuitos indispensables.En los hospitales, prohibidas las visitas. Las viviendas de nuestros hermanos nos estaban vetadas. Las Residencias en las que ahora vivían nuestros familiares y amigos, también vetadas. Las reuniones habituales,los conciertos, cines y conferencias, inexistentes. Vernos paracharlar y tomar un vino, imposible.Hacer deporte tampoco era viable. Aun cuando tuviéramos la suerte de estar sanos y nuestros allegados más directos también, estábamos solos. Solos con nuestros pensamientos, con nuestra imaginación, con nuestra inseguridad, nuestra tristeza y preocupación.

Y el paisaje que algunos podíamos contemplar desde nuestro confinamiento también era diferente: la mar, sin barcos. Algún carguero fondeado en el abra del Sardinero, esperando cargar, ¿cuándo?. Por las tardes, unos pesqueros que entraban con anchoa, verdel yotros pescados. La isla de Mouro y su faro sí estaban en su lugar, inamovibles. La costa en la lejanía, la de siempre. Pero ni un velero. Una ciudad en la que todos los fines de semana y festivos la Federación de Vela y otros clubs náuticos organizan regatas, más de doscientas al año, ahora no podían mover ni una vela. La mar estaba preciosa, en calma. Mar azul, verde, verdegrís… pero sola, triste, sin vida en superficie. Lo único blanco que podíamos ver sobre la mar eran las gaviotas, volando a sus anchas, sin nada ni nadie que las sobresaltaran. Y pudimos contemplar hasta delfines entrando a la bahía, cosa que antes también ocurría pero no habíamos visto por no tener tiempo para mirar…

He podido comprender muy bien las escenas descritas de lo que ocurría en siglos pasados cada vez que en nuestras costas el atalayero avistaba un barco cercano, quizá entrando por la Virgen del Mar: “¡Va vela!” gritaba a los más cercanos y bajaba raudo al puerto de la entonces Villa para avisar que se acercaba un barco. Había visto las velas y por ello sabía qué tipo de barco era, si era amigo o no…La población se aprestaba a recibirle o socorrerle, dependiendo del caso. Y otros bajaban de los Lugares vecinos solo por verlo, para saber que portaba, por inquirir que noticias traía…

Eso nos va a pasar a algunos cuando veamos que el tráfico marítimo se reanuda y que tanto los cruceros de vacaciones y los Ferrys como los grandes cargueros y portacontenedores que dan vida a la economía del puerto, las regatas y la pesca deportiva a vela también se reanudan. Volveremos a celebrar que por ahí, por la mar y nuestra bahía llegó el bienestar a esta villa marinera, la riqueza de muchas familias.En algunos tiempos ese fue el trabajopara casi todos. Incluso la pesca comenzó a remos y vela, de eso también se pudo vivir.

Y las calles y plazas volverán a llenarse de gente, los comercios abrirán, aunque no todos… Volveremos a caminar con prisa, y poco a poco reanudaremos nuestros trabajos, nuestras reuniones con amigos, comidas en familia. Yasistiremos a actos culturales o recreativos. Celebraremos las Primeras Comuniones y bodas aplazadas… y también los funerales pendientes. Pero algo habrá cambiado. Faltarán amigos, conocidos. Nos afectará la tremenda crisis ya bien latente. Tendremos que volver a integrarnos, terminarlo que habíamos dejado aparcado, retomar la rutina casi olvidada. Lo de antes, lo de siempre, pero de otro modo, con otros puntos de vista, en otras condiciones.
Y ya no nos ocuparemos de si hay velas en la mar…

ELISA GÓMEZ PEDRAJA