El Cristo de Limpias.  J. L. Quintana

El Cristo de Limpias. J. L. Quintana

Matilde III

El nombre del aeropuerto “Severiano Ballesteros” era nuevo para él. A la vista desde la escalera del avión, miró hacia el edificio de Capitanía de Raos, los palos de los barcos de vela; todo ello le volvió veinte años atrás, a su pequeño “Sun 2000”, a la vela de proa que le confeccionaron de encargo, verde y amarilla . Al cambio de la pala del timón, un poco más larga porque, según creía, el barco abatía con el viento de través por culpa de la pala original.

Francisco Isoba Freire, Paquito, descendió del vuelo procedente de Madrid; minutos antes la azafata había anunciado la proximidad del aeropuerto de Santander, reconoció las montañas sobanas, al poco la ria de Cubas, el puente de Somo, y un pequeño giro hacia el Noroeste le permitió contemplar la dársena de Puertochico, Portochico para los pejinos y desde las dunas de Mogro inició el descenso hacia el aeropuerto de Parayas. A hora tan temprana situaba al sol enfrente y en el giro de aproximación pudo ver la lámina de agua de la Bahía , quieta, brillante, solo los botes a remo, minúsculos puntos quietos, indicaban vida sobre la mar.

“Los músculos de las pìernas se deshacen como la mantequilla”, le había explicado la doctora, y usted lleva mucho tiempo sin andar, debe hacer ejercicio. Está libre del temido virus. Matilde Freire respondió con la mirada, con la mirada de la anciana cargada de pensamientos, dudas, tristezas y renuncias. Vivir feliz, con cierta paz y alegría solo se consigue compartiendo y ella vivía sola con la compañía en la noche de su sobrina; durante el largo día las imágenes del pasado se sobreponían a las del presente. Ningún interés por el espléndido cuadro de la bahía, los ferrys a Inglaterra o Irlanda, los cargueros repletos de autos que diariamente pasaban frente a su ventana; competiciones en vela, traineras en entreno, el barco de los prácticos del puerto en continuo servicio. Nada la distraía, solo sus pensamientos, el recuerdo de su hijo Paquito. Matilde tenía dos intercesores ante Dios,: sus padres, Matilde y Francisco. Y todos los días hablaba con los tres.

Lucía, la enfermera, pensaba en el “Cristo de Limpias”, el colocado sobre la cabecera de la cama de Matilde. Al entrar en la habitación fue la cruz de madera con el Cristo ennegrecido el que se impuso ante su mirada , no parecía colgado, ni contra la pared, era “una presencia” . Lo vieron las dos, Matilde levantó los brazos hacia el Cristo y una paz absoluta se reflejó en su rostro; sintió la caricia de sus padres y el perfume de hierba luisa inundó de nuevo la habitación llena de luz.

En Lucia se deslizaron dos lágrimas sobre unas mejillas temblorosas y sin ser muy consciente de sus movimientos, cayó de rodillas.

J.L.Q.