EL CEMENTERIO DE RELATOS. Juanjo Conejo

EL CEMENTERIO DE RELATOS. Juanjo Conejo

El escrito está dando vueltas alrededor de su vieja máquina de escribir. Está indeciso, se había prometido no ceder más al impuso que le obsesionaba por plasmar en palabras las historias que nacían en su imaginación. Está atormentado, siente rabia, porque las palabras se le quedan pequeñas para expresar lo que hay dentro de su cabeza. Para él escribir es una tortura; no hacerlo un sacrificio. Ese es su conflicto. Se acerca a la ventana, corre la cortina, mira hacia el horizonte. Está pensando, hay algunas historias que bullen en su mente. Regresa hacia la máquina de escribir, de nuevo da vueltas alrededor de ella, no quiere romper su promesa. Fantasía, su perro, también gira alrededor junto a él. La pasión es demasiado fuerte, el escritor se sienta y coloca una hoja en la máquina. Fantasía ladra. El atormentado escribe…

El escritor se levanta de repente, arranca la hoja de papel, la arruga, la lanza a la papelera. Está furioso, su conciencia le ataca, ha roto su promesa. Ha vuelto a ceder a la tentación, quiere arrancarse el corazón para extirpar la pasión que le domina, cortarse las venas para vaciarse de la droga que le contamina. Abre la cajetilla de tabaco, fuma obsesivamente. Termina el cigarrillo, enciende otro. Un café, otro café. Las manos le tiemblan. Regresa el ángel de la tentación, mira la máquina de escribir, se aleja hacia la ventana, las historias vuelven a hervir, queman, corre de nuevo hacia la máquina, se sienta, coloca una hoja. Fantasía ladra. El atormentado escribe…

El escritor llora, se siente enfermo, cree que está poseído por un espíritu malicioso que no le deja vivir tranquilo. Arranca la hoja de la máquina, la arruga, la lanza a la papelera. Un cigarrillo, otro cigarrillo. Abre una botella de whisky, una copa, otra copa. Quiere huir de la habitación, piensa que está habitada por el diablo, no lo consigue, sus pies son pesados. Le cuesta respirar, acecha la ansiedad. Con mucho esfuerzo logra llegar hasta el revólver, lo carga, apunta hacia su cabeza, quiere volarla para librarse de la tortura. Su dedo comienza a mover el gatillo. De pronto una nueva idea, suelta el revólver, se sienta, coloca una hoja en la máquina. Fantasía ladra. El atormentado escribe…

El escritor es ahora presa del pánico, ya ha cedido tres veces a la tentación, está convencido de que una cuarta vez acabará con su vida. Arranca la hoja de papel de la máquina, la arruga, la lanza a la papelera. Se da cuenta que ahora siente placer por el riesgo, que está dominado por una fuerza tenebrosa, por un monstruo que le subyuga. Ya no quedan más cigarrillos en la cajetilla, ni más whisky en la botella. Se toma un puñado de pastillas prohibidas, las ayuda a tragarlas con medio litro de café. Ahora está eufórico, pletórico, no tiene miedo a morir, quiere retar a la muerte. Es un duelo contra él mismo. Se sienta, coloca una hoja de papel en la máquina. Fantasía ladra. El atormentado escribe…

El escritor espera la llegada de la muerte, se ha comportado contra su conciencia siendo servil a lo que le dicta el demonio que lleva dentro. Sabe que ese espíritu querrá más y más y que nunca se sentirá saciado, que chupará su sangre hasta la última gota. Arranca la hoja de la máquina, la arruga, la lanza a la papelera.

Ahora no siente miedo, se ha desafiado a sí mismo y ha vencido. Se le han pasado todos los efectos estimulantes. La rabia persiste. Mira hacia la papelera, se ha convertido en un cementerio de relatos. Fantasía se acerca a la papelera, mueve el rabo, ladra. El escritor corre hacia la papelera, desarruga las cuatro hojas de papel, coge una carpeta y las pone dentro. Ya no le tiemblan las manos. Se acerca a la ventana, corre la cortina, mira hacia el horizonte, luego mira hacia la carpeta, hay un libro que bulle en su mente. Se sienta, coloca la carpeta en la vieja máquina de escribir. Fantasía ladra. El liberado teclea con entusiasmo: “El cementerio de relatos”.

Juanjo Conejo