Ancianos. J.L. Quintana

Agosto 2022, segunda quincena

Ayer diecisiete una lluvia suave acarició los campos secos, amarillos, que no se corresponden con la imagen de esta tierra de montaña, verde y húmeda que nos acompañó siempre.

Curiosamente los maizales prosperan en su desarrollo, ya no oímos al campesino su preocupación por la falta de agua, el transgénico sigue otro ritmo, no necesita el agua que fue vida imprescindible para el grano autóctono. Las aves siguen fieles al mensaje transmitido: «no comáis de ese fruto».

La tía Nores ya no sale con el grano en el mandil y lo lanza a voleo a las gallinas pedresas sueltas por la alameda. El tío Julián ya no nos despierta con el martillo que golpea el dalle; tumbado sobre un lado en el suelo, colodro al cinto, sacaba la pizarra y la pasaba desde la punta a la madera sobre el filo golpeado de la guadaña.

La leche recién ordeñada, con su espuma, tibia como la ubre de la vaca madre ya no se consume y la harina obtenida en las ruedas del molino cercano, ya no existe; tampoco las boronas, amasado de la harina, agua y sal que colocada en el llar y se cubría con tapa de hojalata, y sobre ella las ascuas, rojas aún calentaban lentamente aquella masa convirtiéndola en el pan nuestro de cada día.

El anciano salía al banco de piedra, a media mañana, los vecinos lo saludaban con cariño y le invitaban a acercarse y así hablar, hablar despacio, no había prisas. Muchas tardes, recogidas las vacas, se jugaba a la brisca. Eustaquia era una maestra. Eustaquia sufría, estaba apenada, su hija embarazada, en aquellos tiempos, se vio forzada a marchar a la ciudad donde nadie la conocía. En el pueblo todos callaban, solo se hablaba de ello en las cocinas, silenciosamente. Pobre Eustaquia. Y pobre hija.

Este año 2022 es otra cosa. La residencia de ancianos está muy bien atendida. La impresión al visitante es muy buena. La sala de estar, de sección cuadrada, tiene dispuestas las sillas arrimadas a las tres paredes, no existe una cuarta, espacio que se considera entrada. Llama la atención el silencio, los asilados no hablan, parecen tener la mirada un tanto perdida. Entró de visita el hijo de Lucía «Hola mamá». Lucía le miró con expresión confundida, no dijo nada. El hijo insistió «¿No me dices nada?» Lucía siguió en sus pensamientos. ¿Estará recordando cuando el chico era pequeño y lo abrazó en la noche, lo vistió en la mañana y dio parte de su vida por él? Amor de madre.

Julián, hombre mayor, se acercó a la muestra de ordenadores. Le hizo una seña al presentador que tardó en atenderle. No estuvo atento y Julián le preguntó «Qué procesador lleva este ordenador?»

El vendedor reflejó cara de sorprendido «Perdone lo preguntaré,»